Durante el siglo XVIII un grupo de
investigadores, que fueron llamados naturalistas, consiguieron reunir una gran
cantidad de información sobre la fauna y la flora en muy diversas zonas de
nuestro planeta. Un problema que planteó la acumulación de tan notable volumen
de información fue su organización. La clasificación de los seres vivos se
realizó, en un primer momento, mediante amplias descripciones de la morfología
y procedencia de los distintos individuos encontrados. Este tipo de
descripciones no constituían una verdadera ayuda para conseguir clasificaciones
que fueran suficientemente unívocas.
El sistema ideado y desarrollado por
Linneo (1707-1778) supuso una importante mejora en la organización de la
información disponible. Consistió en proponer una serie de reglas para asignar
a todos los seres vivos conocidos una etiqueta de género y especie. Esta
clasificación, cuya primera edición fue publicada en 1735, se llamó Sistema
Naturae. Lógicamente, en ese momento, eran las propiedades morfológicas de
los distintos seres vivos las que permitían asignar género y especie a un
individuo concreto. Aunque no está exento de arbitrariedades, el trabajo
realizado por Linneo simplificó enormemente la tarea de clasificar animales y
plantas. En líneas generales, la estructura arborescente que desarrolló sigue
vigente en nuestros días, a pesar de los cambios experimentados por la biología
desde entonces.
Para Linneo las especies identificadas
constituían grupos de seres bien diferenciados y sin ninguna relación de procedencia.
El criterio de parentesco, como hemos indicado, era meramente morfológico. Esta
perspectiva llamada fijista consideraba que cada una de las especies estaba
creada tal y como era, y sus individuos no experimentaban cambios a lo largo
del tiempo.
No obstante, la acumulación de datos
proporcionados por los naturalistas, y los avances experimentados en su
organización, propiciaron la adopción de otros enfoques bien diferentes al
fijista. Pronto se fue abriendo paso la idea de que unas especies provenían de
otras y que, por tanto, había que conseguir una clasificación que reflejara las
afinidades entre los distintos seres vivos desde otras perspectivas: había que
conseguir lo que se llamó una clasificación natural.
Buffon (1707-1788) puso ya en
entredicho el fijismo linneano pero, propiamente, el primero en proponer una
hipótesis sobre el modo en que unas especies podían provenir de otras fue el
francés Jean Baptiste de Monet, caballero de Lamarck, conocido sencillamente
como Lamarck (1744-1829). En su Filosofía zoológica, escrita en
1809, expuso una descripción sistemática de la evolución de los seres vivos.
Para Lamarck, las especies provienen
unas de otras, de las más simples a las más complejas. Los órganos de cada
especie se desarrollarían como consecuencia de la reacción y adaptación al
ambiente. Los cambios por tanto serían paulatinos y se producirían a lo largo
de grandes periodos de tiempo. Lamarck pensaba que el fijismo era absurdo
porque los animales no hubieran podido sobrevivir, sin evolucionar, a las
cambiantes condiciones climáticas que en algunos períodos de tiempo fueron muy
agresivas.
La originalidad de la propuesta de
Lamarck consiste en defender que los cambios se producen por medio de la
adaptación al ambiente. Ciertos órganos se refuerzan con el uso que el animal
hace de ellos condicionado por el ambiente y, por otra parte, otros órganos se
atrofian y acaban eliminándose por el desuso. Lamarck consideraba que dichas
modificaciones en los diversos órganos son trasmitidas por herencia a los
descendientes. Esto último es lo que se ha llamado “herencia de los caracteres
adquiridos”. En realidad la idea que Lamarck estaba defendiendo era una versión
de “la función crea al órgano”. Una consecuencia importante de la propuesta
lamarckiana era que la transformación de los organismos debía ser necesaria,
gradual, ascendente y continua. Es decir, de los gusanos, por ejemplo, con el
tiempo llegaríamos a tener otra vez hombres.
Se puede decir, por tanto, que fue
Lamarck el primero en formular una hipótesis evolucionista en estricto sentido,
aunque entonces se reservaba la palabra evolución al desarrollo del embrión, y
su propuesta fuera denominada como transformista. A diferencia de la propuesta
de Darwin, el sujeto de la evolución Lamarckiana es el individuo: es el
individuo el que experimenta la transformación por uso o desuso adaptativo y
dicha transformación es la que después se trasmite a su descendencia.
La propuesta de Lamarck, aunque cosechó
muchas adhesiones y parecía explicar de una manera natural el aumento de
complejidad y la diversidad observada en la naturaleza, también se encontró con
la oposición de científicos de la talla de Cuvier (1792-1832), profesor de
anatomía comparada, que empleando lo que Brentano llamó más tarde el principio
teleológico [Brentano 1979: 244], dio las pautas para
deducir unas formas animales a partir de otras del mismo animal. Estas pautas
han sido desarrolladas después por la paleontología moderna.
Ciertamente, en los seres vivos, en
particular en los animales superiores, se pueden observar ligeras
modificaciones de algunos órganos como consecuencia de su uso y, sobre todo, es
más fácil de constatar la atrofia de aquellos órganos que no se usan. Esto no
permite afirmar que la función crea el órgano, más bien se podría decir que la
funcionalidad del órgano puede verse reforzada por su uso. Lo que la ciencia ha
rechazado contundentemente hasta el momento es la herencia de caracteres
adquiridos. No se ha encontrado ni la evidencia experimental ni ningún
mecanismo por el que los individuos puedan transmitir las supuestas mejoras
adquiridas en el curso de su vida. Los principios que rigen la transformación
de los caracteres individuales, que son hoy comúnmente aceptados por la
ciencia, los establecieron por vez primera Darwin y Wallace. Por otra parte,
los principios que rigen la trasmisión o herencia de dichos caracteres fueron
establecidos en primer lugar por Mendel.



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