En El origen de las especies Darwin
habla de “leyes impresas por el Creador en la materia”. Esas leyes -entre las
que sobresale la capacidad de reproducción y de sufrir cambios morfológicos-
son las que hacen posible la evolución. Un siglo más tarde, la hipótesis de
Darwin se había convertido en la alternativa laica al relato bíblico del
Génesis. La exclusión de la causalidad de Dios sobre el mundo tiene una inmensa
importancia cultural, que exige al evolucionismo miles de investigadores especializados,
además de profesionales capaces de conectar con el gran público: profesores y
maestros, autores de libros de texto y programas televisivos, artistas de
ilustraciones verosímiles y atractivas, reconstrucciones brillantes en museos…
Solo así se puede convertir la evolución en un mito.
Surgidos para reemplazar la imagen religiosa del mundo, los grandes
mitos modernos –marxismo, psicoanálisis, positivismo, evolucionismo- han sido
religiones de sustitución, y como tales han exigido fe; son productos de la
imaginación más que de la razón; reclaman siempre la verdad; y argumentan con
causas ocultas indemostrables. Los salarios bajan porque los capitalistas
explotan a los trabajadores, como ya predijo Marx. Pero, si los salarios suben,
entonces los capitalistas están tratando de salvar su corrupto sistema mediante
sobornos, como también pronosticó el marxismo.
Darwin reconoció que las pruebas fósiles pesaban demasiado en su
contra, y así sigue siendo hoy, cuando comprobamos que un examen objetivo del registro
fósil no respalda el darwinismo, más bien lo invalida. Pero la ortodoxia
darwinista consiste en ver las dificultades y mirar hacia otro lado, con el
convencimiento de poseer la única explicación que puede tener la vida. Aunque
la ascendencia común es una hipótesis, el darwinismo oficial considera que “el
hecho de la evolución” es verdadero por definición. Ese descenso al nivel de
pseudociencia alcanzó su apoteosis en 1959, durante la celebración en Chicago
del centenario de El origen de las especies. Allí, Julian Huxley, el orador más
aplaudido, declaró que “en el esquema evolucionista ya no hay necesidad ni
cabida para lo sobrenatural. La Tierra no fue creada: evolucionó. Y lo mismo
hicieron los animales y las plantas, al igual que el cuerpo del ser humano, la
mente, el alma y el cerebro”. En esa línea, hoy no nos extraña que Richard
Dawkins, zoólogo de Oxford, uno de los evolucionistas más mediáticos, haya
evolucionado hacia el histrionismo y afirme que “si alguien declara no creer en
la evolución, con seguridad es un ignorante, un necio o un loco”. Después añade
que detesta de forma especial a los creacionistas, por su intolerancia.
Durante 2.000 años, el
prestigio de Aristóteles y Tolomeo hizo que nadie dudara del modelo cosmológico
geocéntrico, a pesar de las evidencias en contra. Durante los últimos 150 años,
el prestigio de Darwin ha conseguido que su modelo de evolución se admita sin
discusión en medios científicos y en la opinión pública, a pesar de la falta de
pruebas y las evidencias contrarias.

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