martes, 28 de febrero de 2012

Ciencia y mitología



En El origen de las especies Darwin habla de “leyes impresas por el Creador en la materia”. Esas leyes -entre las que sobresale la capacidad de reproducción y de sufrir cambios morfológicos- son las que hacen posible la evolución. Un siglo más tarde, la hipótesis de Darwin se había convertido en la alternativa laica al relato bíblico del Génesis. La exclusión de la causalidad de Dios sobre el mundo tiene una inmensa importancia cultural, que exige al evolucionismo miles de investigadores especializados, además de profesionales capaces de conectar con el gran público: profesores y maestros, autores de libros de texto y programas televisivos, artistas de ilustraciones verosímiles y atractivas, reconstrucciones brillantes en museos… Solo así se puede convertir la evolución en un mito.
Surgidos para reemplazar la imagen religiosa del mundo, los grandes mitos modernos –marxismo, psicoanálisis, positivismo, evolucionismo- han sido religiones de sustitución, y como tales han exigido fe; son productos de la imaginación más que de la razón; reclaman siempre la verdad; y argumentan con causas ocultas indemostrables. Los salarios bajan porque los capitalistas explotan a los trabajadores, como ya predijo Marx. Pero, si los salarios suben, entonces los capitalistas están tratando de salvar su corrupto sistema mediante sobornos, como también pronosticó el marxismo.

Darwin reconoció que las pruebas fósiles pesaban demasiado en su contra, y así sigue siendo hoy, cuando comprobamos que un examen objetivo del registro fósil no respalda el darwinismo, más bien lo invalida. Pero la ortodoxia darwinista consiste en ver las dificultades y mirar hacia otro lado, con el convencimiento de poseer la única explicación que puede tener la vida. Aunque la ascendencia común es una hipótesis, el darwinismo oficial considera que “el hecho de la evolución” es verdadero por definición. Ese descenso al nivel de pseudociencia alcanzó su apoteosis en 1959, durante la celebración en Chicago del centenario de El origen de las especies. Allí, Julian Huxley, el orador más aplaudido, declaró que “en el esquema evolucionista ya no hay necesidad ni cabida para lo sobrenatural. La Tierra no fue creada: evolucionó. Y lo mismo hicieron los animales y las plantas, al igual que el cuerpo del ser humano, la mente, el alma y el cerebro”. En esa línea, hoy no nos extraña que Richard Dawkins, zoólogo de Oxford, uno de los evolucionistas más mediáticos, haya evolucionado hacia el histrionismo y afirme que “si alguien declara no creer en la evolución, con seguridad es un ignorante, un necio o un loco”. Después añade que detesta de forma especial a los creacionistas, por su intolerancia.
Durante 2.000 años, el prestigio de Aristóteles y Tolomeo hizo que nadie dudara del modelo cosmológico geocéntrico, a pesar de las evidencias en contra. Durante los últimos 150 años, el prestigio de Darwin ha conseguido que su modelo de evolución se admita sin discusión en medios científicos y en la opinión pública, a pesar de la falta de pruebas y las evidencias contrarias. 

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