El evolucionismo nos dice que combinaciones al azar, durante millones
de años, han producido la vida; y más combinaciones al azar, durante más
millones de años, la han diversificado en innumerables especies. Tal vez a
nivel biológico podamos admitir dicha explicación. Pero, a continuación,
debemos preguntarnos si el nivel biológico es el definitivo. Cuando el
evolucionista Gordon Taylor era director de los programas científicos
televisivos de la BBC británica, solía contar el caso de los trilobites:
pequeños animales que poblaron los mares primitivos y que se extinguieron
dejando millones de fósiles. En 1973, al analizar sus ojos, se descubrió que
habían resuelto, por su cuenta, problemas de óptica sumamente complejos: las
lentes estaban formadas por el único material apropiado, cristales de calcita;
tenían la curvatura exacta; estaban protegidas por una córnea y habían sido
alineadas con precisión, de forma que no era necesario enfocar. Además,
consiguieron desarrollar una lente para corregir la aberración óptica, idéntica
a la que proponían -con absoluto desconocimiento de los trilobites- Descartes y
Huyghens, y lo resolvieron quinientos millones de años antes. ¿Cómo recogieron
la complicada información genética necesaria para construir esa estructura casi
milagrosa? Todo esto, concluye Taylor, parece un plan minucioso, y no el
resultado de accidentes felices.
Ese plan al que alude Taylor no es otra cosa que la noción de finalidad, bien conocida
desde los tiempos de Sócrates, pues el estudio de la realidad física descubre
la existencia de planes y pautas de actividad. No es una noción científica –como tampoco lo son la justicia o el
amor-, pero su evidencia es apabullante y pone de manifiesto que el conocimiento científico no abarca toda
la realidad, que la verdad científica no es toda la verdad, y que la racionalidad científica solo es una
parte de la racionalidad humana. De hecho, aunque el biólogo no estudie la
finalidad, los organismos que estudia no existirían sin ella.
Dado que la finalidad no es un hecho empírico, con frecuencia se la sustituye por el azar a la hora de explicar la organización de la vida. Sin apreciar que el azar tampoco es, en absoluto, una realidad empírica. Precisamente por eso, el azar es otro gran punto débil del evolucionismo. Al ser indemostrable, no puede ser objeto de ciencia. Además, va contra la evidencia del orden y regularidad que se observan en la naturaleza. Por último, aunque se admita su presencia, siempre nos quedará una pregunta en el aire: ¿quién le proporciona al azar las piezas del rompecabezas del mundo? El propio Darwin nunca acabó de admitir la idea de que una estructura tan compleja como el ojo hubiera evolucionado por la acumulación casual de mutaciones favorables. Para esos casos, él hablaba del problema de los órganos de extremada perfección. Más explicito que Darwin, el evolucionista Pierre Grassé afirma que "la finalidad inmanente o esencial de los seres vivos se clasifica entre sus propiedades originales. Y no se discute, se constata".















