La ciencia avanza cuando un amplio conjunto de hechos puede ser
reducido a leyes integradoras. Lo propio de la Biología es encontrar principios
que den razón de la pluralidad aparentemente heterogénea de los organismos
vivientes. Desde Darwin, la teoría de la evolución representa el más
persistente intento de explicación de esa pluralidad. La historia del
evolucionismo es reciente. El mismo año que nació Darwin (1809), Lamarck
presentó en su Filosofía zoológica la idea básica del transformismo: que las especies han ido
apareciendo dentro de un proceso evolutivo en el que unas se transforman en
otras. Se suponía que el mecanismo de transformación era la herencia de los
caracteres adquiridos por los seres vivos en su esfuerzo por adaptarse al
medio. Es clásico el ejemplo de la jirafa, que llegaría a tener un cuello tan
largo a base de esfuerzos repetidos por alcanzar el alimento en las ramas de
los árboles. Mediante esos esfuerzos, los vivientes desarrollarían los órganos
más utilizados, y la transmisión hereditaria de ese nivel de desarrollo daría
lugar a cambios que finalmente supondrían una nueva especie.
Darwin recogió de Lamarck la adaptación al medio, y reforzó el
mecanismo de transformación con otro resorte tomado de Malthus: la selección natural. Pocos años antes,
Malthus había escrito que nos acercábamos a un mundo superpoblado, donde
sobrevivirían los seres humanos mejor dotados. Darwin vió que en todos los
seres vivos se da una lucha por la vida, y supuso que la supervivencia del más
fuerte daba lugar a una selección natural que conservaba y transmitía las
variaciones favorables, produciendo especies cada vez mejor adaptadas al medio
ambiente. Darwin afirmó, en concreto, que todos los seres vivos descienden de
unos pocos antepasados comunes, y que la
selección natural es el motor de los prodigiosos cambios que nos llevan
desde la bacteria microscópica a la especie capaz de componer la música de
Mozart.
El primer problema de esta hipótesis es que jamás hemos observado
un salto de especie, y la ciencia necesita que las demostraciones confirmen
las suposiciones. Además, la selección
natural no introduce novedades, pues opera sobre lo que previamente ha
sufrido una mutación. Darwin expuso sus teorías en El origen de las especies (1859) y en La descendencia del hombre (1871). Aunque Mendel había descubierto
las leyes de la transmisión hereditaria en 1865, el mundo no conoció esa
revolución científica hasta 1900. Por ese retraso, Darwin murió sin sospechar
que los caracteres adquiridos no se
incorporan al patrimonio genético y, por tanto, no se transmiten por herencia. Aquí radica el tercer punto débil
del darwinismo. Sin embargo, un buen ejemplo puede hacer creíble cualquier error,
y perpetuarlo indefinidamente entre el gran público. En el ejemplo
evolucionista más clásico se afirma que la jirafa tiene el cuello tan largo
porque prosperaron solamente las que pudieron alcanzar el alimento de las ramas
altas. El inconveniente de esta explicación es que no han aparecido restos
fósiles de jirafas en vías de desarrollo, puesto que son iguales desde su
aparición, hace dos millones de años. Además, las crías de jirafa se hacen
grandes alimentándose de las hojas bajas, y las hembras, que miden un metro
menos que los machos, tampoco tienen problemas de comida y de supervivencia.
Con la difusión de las leyes
genéticas, el evolucionismo darwinista se vio obligado a cambiar de argumentos.
Así surgió el neodarwinismo, también
llamado teoría sintética. La
selección natural se unía ahora al que se suponía principal mecanismo del cambio: las mutaciones genéticas. Sabemos
que casi todas son perjudiciales, incluso mortales, pero la selección natural
hará que solo se conserven y transmitan las favorables. Como serán pocas y muy
pequeñas, harán falta enormes períodos de tiempo para que se produzcan cambios
apreciables. De este modo, la evolución se convierte en una lenta y larga
cadena de pequeñísimos cambios graduales.

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